La Ruta Nakasendo

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En el año 1600, Ieasu Tokuwaga y sus seguidores ganan la batalla de Sekigahara, la más sangrienta de la historia de Japón. Hasta entonces, el territorio japonés se hallaba dividido en feudos gobernados por un daimyo que ejercía el poder absoluto y no tenía que rendir cuentas a nadie, salvo al emperador, el cual era un simple símbolo sin poder real. Estos daymios guerreaban constantemente entre sí para ganar más poder y raro era vivir un periodo de paz.

Tras la batalla de Sekigahara, Ieasu Tokugawa se declara shogun, unifica el país y hace de Edo —la actual Tokyo— su capital. Japón vivirá dos siglos y medio de paz bajo la dura mano de sus herederos. Esto es lo que se conoce como el Periodo Edo o Shogunato Tokuwaga. Para garantizar que ningún señor feudal se rebelara, el shogun mantenía como «invitados» a miembros de cada familia de daymios en su castillo. Además, todos ellos debían hacer acto de presencia una vez al año. De no aparecer, ya nos imaginamos lo que podría pasarle al “invitado” o rehén de lujo.

De este modo, se desarrollaron cinco caminos que conectaban Edo con cada punta del país, los Gokaido. Los señores feudales que viajaban a Edo necesitaban estancias y servicios para ellos y todo su sequito en estos caminos así que empezaron a surgir casas de té, templos y comercios a lo largo de los Gokaido. Uno de los más importantes, si no el que más, fue el que conectaba con Kyoto: la Ruta Nakasendo. Concretamente el tramo entre Tsumago y Magome es el que mejor se conserva, aparte de que ha sido restaurado convenientemente para atraer el turismo rural.

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Nosotros viajamos en tren a Nagiso y nos quedamos dos noches en una casa rural llamada Yui-An. Pasamos una mañana visitando el pueblo y la tarde leyendo mientras oíamos la lluvia que caía sin cesar. Al día siguiente, nos cargamos las mochilas a la espalda y comenzamos a caminar por la ruta Nakasendo.

Viviendo en Tailandia, el plan de chimenea y alpargatas nos resultó de lo más exótico

La fecha en que lo hicimos (mediados de Abril) no pudo haber sido mejor ya que la temperatura era agradable, los cerezos estaban aún en flor y el viento hacía volar sus petalos. La mayoría de la gente hace solo el tramo entre Tsumago y Magome que ya he mencionado antes. Sin embargo, Nagiso, a 4 kilómetros de Tsumago, merece la pena. No solo por el pueblo en sí, su puente de madera y sus arboledas, sino también por el camino por la ladera de la montaña que lo conecta con Tsumago.

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Es en Tsumago donde empezamos a ver las casas tradicionales de madera que le hacen sentirse a uno dentro de una peli de samurais. Solo nos faltaba la katana. Hay varios lugares interesantes: templos, talleres y casas de té. Eso sí, toda la información visible está exclusivamente en japonés, para preservar la autenticidad del sitio digo yo. Los gaijin como nosotros tuvimos que conformarnos con las vistas y lo poco que se encuentra en internet. Ay si hubiera aprendido japonés!

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A lo largo de la ruta Nakasendo y más frecuentemente en el tramo entre Tsumago y Magome se pueden encontrar campanitas como las de la siguiente foto. El viajero debe hacer sonar cada una de estas campanas salvo que se quiera topar con algún oso, como los amigos que nos visitaron cuando estábamos acampados en Alamut. Bastante gente recorre esta ruta cada día por lo que el riesgo aquí es mínimo, no obstante, nos aseguramos en tocar bien alto cada campanita que nos encontramos por si acaso.

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Son 8 kilómetros de puro bosque lo que separa Tsugome de Magome. En el medio hay una desviación para ver las ruinas de un castillo, aunque no lo recomiendo: no queda ni una piedra encima. Tambien hay una casa de té impresionante donde un señor mayor me felicitó por tener a una mujer tan guapa. —No lo recuerdo exactamente, pero fue algo así como: «¡Qué suerte tienes chaval!» y yo: «no lo sabe usted bien»—.

Magome es un pueblo más grande y por lo que vimos, mucha gente va a pasar el día allí sin hacer la ruta ni nada; simplemente a pasar el día. Hay bastantes tiendas y restaurantes típicos. Nosotros fuimos a uno a probar el plato local: los fideos soba. Craso error! Los sirven sin ningún aliciente, en un caldo insípido sin carne ni verduras. Me duele decirlo, pero hasta los fideos instantáneos que venden en el super están más ricos que estos.

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Al atardecer, nos alojamos en el albergue Gaku (estudiante). Una bonita escuela rural cuyas aulas habían sido transformadas en habitaciones compartidas. Al rato de dejar nuestras mochilas nos llevaron al onsen local y finalmente, pude bañarme en pelotas con los japoneses ya que esta vez tenían parches para taparme los tatuajes y ocultar así mi pertenencia a la Yakuza.

La cultura del baño en Japón es algo tremendo. Los japoneses de todas las edades y grupos sociales vienen a los onsen a bañarse al menos un par de veces a la semana. Son bastante baratos y dentro uno puede encontrar mucho más que unos simple baños. En la entrada hay tiendas, taquillas, un restaurante y una zona de videoconsolas para pasar el rato. Una vez dentro se dividen en baños idénticos de chicas y chicos. Uno tiene a su  disposición varias duchas con champús, jabones y cremas; un baño interior caliente y otro al aire libre aun más caliente. Al cabo de 5 minutos metido en ese agua, sentí que me estaba cociendo así que empecé a hacer lo que los japoneses: pasar un rato dentro del agua y otro fuera al frío (haría unos 10 grados o menos). Repetí el proceso varias veces hasta que la última vez que me sumergí comencé a marearme, así que me salí a esperar a los demás en la zona de las consolas.

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