Nagano

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Nagano es una pequeña ciudad rodeada por montañas situada a unos 200 kilómetros al noroeste de Tokyo. Puede parecer una gran distancia, pero el Shinkansen te traslada de una a otra en una hora y media. Si os suena el nombre de Nagano, es probablemente porque en el año 1998 los juegos olímpicos de invierno se celebraron en este distrito. Ya era un destino popular para esquiar antes. Sin embargo, después de los juegos, su fama cruzó las fronteras de Japón y es desde entonces frecuentada por esquiadores provenientes del resto de Asia. Muchos Tailandeses aprovechan la semana de half-term de Febrero para disfrutar de la nieve en Nagano, ya que en su país, claro, no la ven.

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A pesar de su reciente fama por los deportes de invierno, Nagano es una de las ciudades más antiguas del país. Comenzó a desarrollarse en torno al Templo Zenkoji fundado en el siglo VII para acoger nada más y nada menos que la primera estatua budista traída a Japón. Dicho templo es el principal atractivo turístico de la ciudad para los no esquiadores y la verdad es que poco más tiene. Hay varios restaurantes de comida tradicional con precios más asequibles que en Tokyo en torno a la zona del templo y alguno más en el centro de la ciudad que, por cierto, no tiene mucho interés.

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A la entrada del Templo Zenkoji vimos por primera vez estatuas de Jizo Bosatzu, que nos encontraríamos a partir de entonces por todo Japón y cuya historia merece la pena comentar. Al ojo ignorante, estas estatuas son representaciones de Buda a las que han puesto gorritos y baberos rojos, pero no. Se trata de Jizo, el guardian de los viajeros, los condenados al infierno y los niños que tristemente han perecido prematuramente. Al igual que Buda, Jizo fue uno de los que alcanzó la iluminación. Aunque, puede que no fuera asi ya que él mismo declaró <<no alcanzaré la iluminación hasta haber liberado a todas las almas condenadas en el infierno>>. De ahí que pasase a ser la deidad de los que van a parar allí abajo. Él estaba dispuesto a tomar la autopista del infierno para liberarles a todos <<Si no voy yo, ¿quién lo hará?>> dijo el bueno de Jizo. Los gorros rojos son ofrendas de padres que han perdido a algún hijo o madres que han abortado para que esta deidad los proteja y los guíe en el más allá.

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No estuvimos más que un día en Nagano, pero lo disfrutamos. Conocimos a nuestra anfitriona de Couchsurfing: Aoi, que nos enseñó el templo y nos alojó en su casa. Nos llevó también al onsen (baños termales) local, aunque solo Ania lo pudo disfrutar. En Japón no dejan a entrar a nadie con tatuajes a los onsen por que se asocian a la Yakuza. En el caso de los extranjeros como nosotros hacen la vista gorda, pero siempre que nos los tapemos con una especie de tirita enorme, que yo en ese momento no tenía. Para cenar, fuimos a un sitio de ramen, bastante afamado entre los estudiantes por su proximidad a la universidad y sus precios populares.

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