Meymand

OLYMPUS DIGITAL CAMERAA medio camino entre Kerman y Yazd se halla un lugar atrapado en el tiempo donde sus habitantes todavía duermen en cuevas: el pueblo troglodita de Meymand. Para llegar, tuvimos que bajarnos en Shahr-e Babak y coger un taxi, dado que el pueblo se encuentra a unos 20 kilómetros de la ciudad. El conductor nos dejó en la entrada. El tráfico de coches en su interior está, afortunadamente, prohibido. Caminamos hasta la cueva que habíamos reservado, respirando aire puro, oyendo únicamente el sonido de los pájaros y sin ver ni un alma. Una señora que no hablaba ni pizca de inglés nos estaba esperando. Dejamos nuestras cosas en la cueva y nos enseñó su casa, donde nos indico por señas que a las 7 nos quería ver ahí para cenar. Teníamos un buen rato hasta entonces así que comenzamos a explorar los alrededores.

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Se calcula que Meymand tiene unos 3000 años, pero los arqueólogos han encontrado vestigios humanos como cerámica y grabados de más de 12000 años; por lo que es difícil estimar su antigüedad. Actualmente hay unas 2500 cuevas, incluyendo la mezquita y la escuela, también construidas en las entrañas de la tierra. La gran mayoría se hayan a lo largo de las laderas de dos colinas, de cara al río que fluye por el centro del pueblo. Tradicionalmente, los lugareños solo duermen en las cuevas durante los cuatro meses más crudos del invierno, después de trasladan con sus rebaños a otro sitio a pocos kilómetros de allí.

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Un abuelo, que resultó ser el guía del pueblo, nos mostró unos baños de miles de años de antigüedad. El ingenio de sus antiguos habitantes les llevó a construir canales debajo de los vestuarios por donde hacían pasar el humo de la leña que quemaban para calentar el agua y de este modo aprovechar todo el calor posible. También nos enseñó un museo que contenía utensilios de labranza y ropa tradicional de los lugareños. El hombre no sabía inglés, así que se dedicaba a explicar lo que podía por medio de gestos y sonidos desternillantes. Estábamos ante un cómico en potencia.

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Nos dieron las 7 y volvimos a casa de la señora para cenar sopa de cordero con mucho pan y yogurt casero. Luego fuimos a la cueva que resultó ser uno de los sitios más confortables para dormir de todo el viaje. A la mañana siguiente, tras desayunar, el guía nos invitó a tomar el té en su casa y nos regaló unos frutos secos antes de irnos.

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Meymand fue uno de esos lugares que pese a la brevedad de la visita y la falta de actividades para hacer, uno recuerda toda su vida. Tuvimos la fortuna de ser los únicos extranjeros en un sitio que tan pronto como lo popularice alguna revista de viajes se va a llenar de turistas y va a perder gran parte de su encanto.

 

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