Kerman

OLYMPUS DIGITAL CAMERAA las 6 de la mañana, tras ocho horas de viaje en bus, sin dormir, llegamos a la estación de buses de Kerman. En Irán, sitúan las estaciones apartadas de la ciudad para agilizar el tráfico; pero ésta en concreto me pareció el culo del mundo. Oscura, sucia y ruidosa. Quizá fue por haber pasado la noche sin dormir pero aquello me recordó a uno de los círculos del infierno de Dante. Un purgatorio donde las almas de los viajeros esperan a un autobús que les lleve al siguiente círculo. Un taxista bigotudo apareció al cabo de una hora para sacarnos de aquel lugar. Manzur, el que sería nuestro guía del desierto, le envió a recogernos ya que él no podía atendernos por la mañana. El hombre nos llevó a un par de sitios de camino al bazaar; pero como su inglés estaba al nivel de nuestro Farsi, no nos enteramos de nada. El primero parecía ser los antiguos muros de la ciudad y el segundo era una enigmática construcción cilíndrica ¿Quizá un templo mazdeista?

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAOLYMPUS DIGITAL CAMERAYa a las puertas del Bazar de Sartasari nos bajamos del coche y caminamos por su interior cual zombis buscando un lugar para desayunar y meternos nuestra ansiada dosis de cafeína. No eran ni las 8 de la mañana y estaba todo cerrado, así que atravesamos el bazar de punta a punta sin éxito. Desesperados, decidimos dirigirnos a Keykoshro, un restaurante/tetería tradicional no muy alejado de donde estábamos. Entrar en este sitio fue como hallar un oasis en el desierto. Se trataba de un hermoso patio interno lleno de alfombras y almohadas que antaño acogía a los peregrinos zoroastrianos que se acercaban al próximo templo de la llama eterna. Desayunamos café, té y el mejor revuelto de huevos que hayamos probado en la vida, con cebolla picada y azafrán. Nos relajamos durante un par de horas e intentamos visitar el templo pero lo hallamos cerrado por festividad religiosa.

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Llegó el mediodía, la hora acordada con Manzur para encontrarnos en la entrada del Bazar. Compramos kebab para llevar y tomamos inmediatamente la carretera hacia el desierto. Manzur es un profesor de inglés retirado que un día comprendió que podría hacer más pasta poniendo sus habilidades lingüísticas al servicio del turismo. Sus excelentes conocimientos de la zona y su personalidad extrovertida hicieron el resto y hoy se halla ocupado totalmente ejerciendo de guía freelance por los alrededores de Kerman.

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Cruzamos una cordillera preciosa con montañas que alcanzaban hasta los 4000 metros de altura para acabar abruptamente en una llanura dorada infinita: el desierto de Lut. En cierta ocasión, un satélite de la NASA llegó a medir aquí temperaturas de más de 70ºC, ganándose el “prestigio” de ser el lugar más caluroso de la tierra ¡Suerte tuvimos de que hacía nublado!

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Nuestra primera parada fue un rio de sal formado por la evaporación de un lago primitivo. Aquí Manzur se empeñó en hacer unas fotos románticas de nosotros (al estilo boda rusa); pero sus conocimientos de fotografía las convirtieron en las peores fotos de todo el viaje.

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Luego, visitamos los famosos Kaluts: torres de arena formadas por la erosión del agua y del viento. Nos descalzamos y comenzamos el breve ascenso a uno de estos kaluts para tener una mejor vista. Por el camino tuvimos que tener cuidado de no pisar cacas de chacal. El desierto no está tan deshabitado como se podría pensar. Ya en la cima, esperamos unos minutos para contemplar la puesta del sol pero empezó a llover. Si, en el desierto ¡Esto solo nos pasa a nosotros!

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Era ya totalmente de noche cuando alcanzamos el primer oasis, donde nos recibieron como a reyes. Cenamos arroz con pollo, ensalada y yogur natural y, cuando acabamos, caímos rendidos en la dura cama de nuestra habitación. A la mañana siguiente entramos en el caravanserai del oasis. La vida en el desierto siempre ha sido dura, no solo por las temperaturas extremas y la falta de agua, sino también por los asaltadores de caravanas. Por ello, en cada oasis hay al menos una fortaleza donde se daba refugio a estas caravanas: los caravanserai. Salvo algunas excepciones donde se han reformado en hoteles o museos, los caravanserai se encuentran abandonados y ya ni siquiera fluye agua por su canal central, el mismo que antaño saciaba la sed de los camellos que atravesaban el desierto.

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En este oasis no vimos ni una gota de agua hasta que nos adentramos en el qanat. Los qanats son antiquísimos canales subterráneos construidos y mantenidos por los habitantes de los oasis. En su interior, obviamente, la temperatura es mucho más suave, evitando la perdida de agua por evaporación. Los qanats se extienden por decenas de kilómetros conectando ríos subterráneos con los oasis. Sin duda uno de los mejores momentos del viaje fue sentir el agua fluyendo por el desierto unos 30 metros bajo su superficie.

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Al emerger, emprendimos el viaje de 2 horas por carretera a para coger a tiempo el bus con destino a Meymand.

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