Teherán

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El pasado 4 de Abril aterrizamos en Teheran. Fue un viaje agitado con bastantes turbulencias que me dejó desgastado psicológicamente. En el aeropuerto compramos el seguro de viajes por 14€ (obligatorio para entrar en Irán) y la visa electrónica por 75€. El tipo y validez de los visados en este país cambian cada dos días. Eso nos comentaron en varios hoteles al no poder encontrar el impreso del mismo en nuestros pasaportes. Suerte que son confiados!

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Morteza Fazel “Mr. Teheran” nos recogió a la salida y nos llevó a comer helado de azafrán a una heladería de carretera que todavía permanecía abierta a las 11 de la noche. No estaba mal pero por lo general los helados son menos cremosos y tienen más hielo y azúcar. Tras la dulce pausa continuamos hasta llegar a Teheran ciudad y más en concreto a Hi Tehran Hostel, donde nos fuimos directamente a la cama. Eran casi las 2 de la madrugada.

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Nos levantamos pronto al día siguiente con intención de aprovechar al máximo nuestro tiempo en Teherán. Al coger el metro con destino a la plaza Imán Khomeini nos percatamos de una de las peculiaridades de esta ciudad: los vagones primero y último están reservados exclusivamente a mujeres que viajan solas mientras que los vagones de en medio son para hombres y las mujeres solo pueden entrar acompañadas de un varón.

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Ya en Imán Khomeini dimos un paseo hasta el Palacio de Golestan aprovechando el buen tiempo (unos 20 grados y soleado). Aquí, el Shah recibía a sus invitados en el salón principal, se dirigía a sus súbditos desde lo alto de su trono de mármol y asistía a celebraciones de cuando en cuando hasta que en 1979 llegó la Revolución Islámica. Desde entonces el Palacio es un museo donde lo más destacado bajo mi punto de vista son sus jardines que constituyen un santuario de calma en el corazón de la ajetreada Teherán.

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A la hora de comer, nos dirigimos al Grand Bazar. Más de 10 kilómetros de corredores flanqueados por tiendas en cuyo interior se pueden hallar mezquitas, patios y restaurantes. A pesar de su enormidad, en su interior no se siente uno agobiado (como en los bazares de Estambul por ejemplo). Esto se debe a que no están tan concurridos pero sobre todo a que los mercaderes son amables y respetuosos con los turistas; al estilo occidental.

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Nos perdimos intencionadamente en su interior guiados por todo un mundo de luces, olores y sonidos. Comimos un falafel en uno de los puestecillos donde almuerzan la gente local y al terminar, decidimos caminar hasta la estación de trenes donde nos subimos al siguiente con destino Shiraz, al sur de Iran.

Viajar en tren es algo que nos encanta y si es nocturno mejor que mejor. Antes del anochecer deleitamos nuestra vista de las áridas llanuras doradas que atravesábamos. Un paisaje que invita a la reflexión sobre este país y su historia. Qué mejor preámbulo para nuestra visita a Persepolis al día siguiente!

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