Mandalay

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Run run… Desde que por primera vez me subí a una scooter en Vietnam el año pasado, montar en moto se ha convertido en una de mis actividades favoritas. Siempre que puedo, allí donde las leyes de seguridad vial son más relajadas, alquilo una para moverme mejor por la zona. Para mi satisfacción, Mandalay es uno de estos sitios.

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Llegamos de noche a esta ciudad situada en el corazón de Myanmar. Dejamos nuestras mochilas en el hotel y salimos a dar una vuelta. Mandalay tiene una vida nocturna bastante más excitante que el resto de ciudades birmanas. Casi como en España, a cada 4 pasos te encuentras un bar; aunque con sus taburetes de plástico y campeonatos de Muay Thai en la tele son diferentes a los de casa, la esencia está ahí: cerveza barata y frutos secos para picar. También abundan los restaurantes tipo buffet libre. Acabamos cenando en uno donde me puse ciego de setas. No pagamos más de 5€.

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Al día siguiente, nos subimos a la moto y nos dirigimos fuera de la ciudad, hacia los templos del otro lado del rio. Nuestra primera parada, tras recorrer unos 20 km fue la colina de Sagaing, poblada por numerosos templos. Este es uno de los lugares preferidos por los birmanos para retirarse de los quehaceres diarios y dedicarse a la vida contemplativa. Algunos lo hacen durante unos días mientras que otros, los que se lo pueden permitir, años. Nosotros dimos unas vueltas por la zona y visitamos el templo más llamativo: Umin Thonze Pagoda, donde descansan 45 budas desde el siglo XI.

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A continuación, viajamos unos 15 km al norte donde se encuentra el pueblo de Mingun. Visitamos la inacabada estupa de Mingun que el rey Bodawpaya ordenó construir en el año 1790. Sin embargo, uno de sus astrólogos declaró que una vez acabado el templo, el rey moriría. Bodawpaya, supersticioso tanto o más que los gobernantes actuales, paró las obras de inmediato y ningún otro rey posterior quiso proseguir tras su muerte.

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Una vez más, tras haber visitado los templos de Bagan unos días antes, la estupa de Mingun no nos impresionó demasiado. Lo que más nos gustó fue visitar otros pueblitos de alrededor y apreciar la rutina diaria de la gente.

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Después de compartir curry con uno de los perros del pueblo que tenía más hambre que el tamagotxi de un sordo, decidimos volver a Mandalay para ver el atardecer desde el famoso puente de U Bein. Miles de personas tuvieron la misma ocurrencia. Al llegar nos encontramos con el puente de madera más largo del mundo (y posiblemente el más poblado también). Cruzamos el lago y volvimos justo a tiempo para la puesta del sol.

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El problema fue volver al hotel de noche, sin mapa ni GPS y en medio de un tráfico terrible. Tardamos una hora pero lo conseguimos gracias a la amabilidad de una docena de personas a las que preguntamos por indicaciones. Nadie nos ignoró o alegó que no sabía. Todas y cada una de esas personas intento ayudarnos. Esta actitud de hospitalidad añade un gran valor al país que debería ser considerada a la par con sus paisajes y monumentos.

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Éste es mi ultimo post sobre Myanmar que tanto me he retrasado en publicar. El próximo día 4 de Abril cumpliré años en un avión destino a Iran, dónde volveré a tomar numerosas fotos que compartiré próximamente en el blog. Hasta la vista!

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