Alrededores del lago Inle

Cuando regresamos a Nyaung Shwe, varios botes descargaban sus mercancías a ambos lados del río, los lugareños se desplazaban en bicicletas o caminando, sumidos en sus quehaceres diarios y el olor a comida inundó nuestras fosas nasales. El pueblo se había despertado.

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Con longyi y a lo loco

Llegamos justo a tiempo al hostel para el desayuno que devoramos con ansia, no precisamente por su buena calidad. Nuestra idea era alquilar unas bicicletas y salir a dar una vuelta alrededor del lago inmediatamente después; pero el cansancio pudo más y no salimos hasta casi dos horas más tarde. Las únicas dos bicicletas que quedaban de alquiler eran dos trozos de hierro con ruedas. Así todo, nos armamos de coraje y empezamos a pedalear con gran esfuerzo hacia una cueva hallada a unos 5km Nyaung Shwe. Famosa por sagrada, no nos impresionó demasiado con sus estatuillas de deidades.

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Tras descansar un rato del sofocante calor en el interior de la cueva, optamos por dirigirnos hacia un viñedo local. Sin embargo, una piedra en el camino fue a pinchar mi rueda frontal. Desastre. Tuvimos que volver al pueblo a cambiar la bicicleta, perdiendo un valioso tiempo en ello.

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Recorrimos unos 15 km hacia la zona Este del lago donde visitamos  un monasterio y una pagoda. No fue fácil llegar hasta allí. Los últimos dos kilómetros nos obligaron a bajar de nuestras bicis por lo empinado de la cuesta. En la alto, sorprendimos a unos paisanos celebrando con palmas y tambores. Su timidez inicial se tornó entusiasmo cuando nos vieron sonreír y mostrar interés por lo que hacían.

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El sol amenazaba con caer tras el horizonte por lo que nos apresuramos a volver al hostel antes de perder la luz. No obstante, algo nos obligó a detenernos por el camino. Una multitud de personas formaba un corro en una especie de plaza, entusiasmados por lo que observaban en el centro. Se oía música tribal pero no alcanzábamos a ver su proveniencia. Atraídos, nos acercamos a ellos.

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Pudimos entonces ver a un hombre danzar con blandiendo dos palos a modo de espadas cortas. Ejecutaba sus movimientos marciales al son de la música como en capoeira; pero con un estilo mucho más similar al kung fu. Tras su demonstración le siguieron otros así que nos quedamos unos minutos observando ensimismados el espectáculo.

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Tuvimos que recorrer los últimos kilómetros en completa oscuridad pero conseguimos llegar sanos y salvos al hostel. Para terminar el día cenamos en Innlay hut, un restaurante indio dirigido por el mayor fan de Eminem del mundo. La música era horrible para mi gusto pero no he comido en otro lugar un butter chicken más delicioso.

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