Kalaw

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Es curioso como la memoria muta la realidad conforme pasa el tiempo para obligarnos a valorar más los momentos pasados. Recuerdo el viaje a Kalaw como una buena experiencia. El paisaje, las charlas, las patatillas para matar el gusanillo… No he mencionado todavía que las patatas fritas picantes que venden en los quioscos en Myanmar son las mejores del mundo. Al menos que yo haya probado.

Sin embargo, la realidad es que fue un viaje largo en un asiento incomodo y en aquel momento no estábamos más que impacientes por llegar a nuestro destino y dejar atrás ese destartalado minibus. A mitad de camino el conductor nos comunicó que debido a las lluvias de la ultima noche la carretera principal estaba cortada. El viaje que debería haber durado seis horas se alargó hasta las ocho y pico. Suerte que paramos en un par de sitios para estirar las piernas y comer algo por cuatro perras.

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Cuando finalmente llegamos a Kalaw, había caído la tarde y el cielo amenazaba lluvia. Nuestra principal tarea, incluso antes de buscar alojamiento, fue la de encontrar un guía que nos dirija a por la travesía hasta el lago Inle. Con suerte, en diez minutos encontramos el puestecillo de A1, una compañía de trekking de la que habíamos leído buenas referencias. Ofrecían un recorrido de tres días y dos noches con comida y alojamiento incluido por unos 50$ cada uno. Es posible encontrar algo incluso más barato pero con compañías nuevas o guías que actúan por su cuenta, pero nosotros no nos complicamos la vida y nos apuntamos inmediatamente para salir al amanecer con ellos. También tuvieron el detalle de buscarnos un hotel barato donde quedarnos aquella noche.

Kalaw es un pueblo de montaña donde los turistas hacen noche para iniciar con energías alguna de las caminatas al lago Inle, pasando por algunos de los pueblos de camino. Fue fundado por los británicos que huían del calor de las planicies ya que aquí el clima es fresco y húmedo; prácticamente el único lugar de Birmania donde me tuve que poner la sudadera para entrar en calor. No hay mucho que hacer en el pueblo más que descansar, sin embargo hay un buen restaurante nepalí llamado Everest (2) y un diminuto bar de copas donde me tomé un par de chupitos con un israelí hippy. No recuerdo su nombre pero era un tipo interesante que había pasado los últimos años trabajando en varios albergues de Tailandia. El ambiente de aquel bar no se me olvidará jamás. Una mosaico de turistas y locales, todos borrachos y cantando al son de una guitarra acústica y unos tambores que tocaban unos chavales entre chupito y copazo. Una pena tener que madrugar al día siguiente.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAA la mañana siguiente, Situ, nuestro guía, se presentó en la puerta de nuestro hotel con una pareja de catalanes, Airi y David, con los que acabaríamos haciendo buenas migas. Antes de salir de Kalaw el grupo se completó con la pareja de alemanes Thomas y Sarah, ambos médicos.

Comenzamos a ascender y no paramos hasta un mirador donde nos dieron de comer un delicioso curry de mango con chapati. Aquí hablamos más con Airi y David. Hacía un tiempo ya que decidieron dejar atrás Barcelona e iniciar una inolvidable vuelta al mundo. Abandonaron la rutina de lo que se llama “una vida normal” y lejos de arrepentirse, animan a la gente con quien coinciden a seguir su ejemplo.

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Al poco de terminar de comer, reanudamos nuestra caminata ya que Situ nos avisó que luego llovería. En ese momento el tiempo estaba despejado. ¿Qué cómo lo sabía? La experiencia de hacer de guía por varios años. Y tuvimos suerte. Tan pronto como llegamos al rústico alojamiento, empezó a jarrear. Desde nuestro refugio, vimos pasar, al cabo de un rato, a otros grupos de turistas calados hasta los huesos.

Nos alojamos en casa de una familia del pueblo. Nos aseamos con el agua de un tanque que recogía la lluvia y para hacer nuestras necesidades teníamos una letrina. Todo muy ecológico. Lo mejor del sitio fue la comida que preparó el padre de familia que fue todo un manjar que devoramos con ansia. Luego pasamos un par de horas charlando hasta que nos fuimos a la cama dónde una araña del tamaño de mi mano nos estaba esperando. Situ apareció con un palo y la espantó, pero aquellos que se levantaron de noche para hacer una visita a la letrina se acordaron de ella y a otros les visitó en sueños.

 

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El baño

 

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A la mañana siguiente desayunamos como unos campeones y comenzamos a andar. Había llovido toda la noche así que el terreno estaba realmente embarrado y en ciertos tramos, intransitable. Se trató de la etapa más dura con diferencia pero pasamos por varios pueblos tribales donde descansábamos unos minutos y Situ nos contó alguna que otra leyenda local.

Donde paramos a comer, había una tribu que eran, según Situ, descendientes de una dragona. Ésta se quedó prendada de un muchacho que un día caminaba por el bosque así que adoptó la forma de una bella mujer para engatusarle. Juntos se fueron al pueblo del chaval e iniciaron una vida arrejuntados; pero un día la mujer dio a luz un huevo, relevando así, que en realidad no era sino una dragona. Esto no gustó en el pueblo del muchacho así que les exiliaron y al cabo de poco tiempo, del huevo salió un bebé sano y fuerte que fundaría su propia tribu, la misma que nos acogió para comer. Y qué bien comimos!

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La cocina

Seguimos nuestro camino por apenas hora y media más hasta el hogar familiar que nos diera cobijo aquella noche. A medio camino, tuve oportunidad de probar algo a lo que están enganchados casi todos los birmanos: el Betel. Se trata de nuez de areca, semillas de opio, pasta de dientes y alguna otra cosa, en mi caso miel. Todo ello se envuelve en una hoja, se pone entre los molares y el papo y se va mascando poco a poco, dando como resultado la sonrisa birmana de dientes teñidos de rojo anaranjado.

 

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El betel

Cuando lo probé no sentí ningún efecto más allá de un sabor especialmente amargo, aunque cierto es que solo lo pude mascar durante poco más de un minuto antes de escupirlo todo debido a su repugnante sabor.

Pasamos otra noche estupenda en compañía de nuestros camaradas de viaje en la que Situ y el cocinero nos enseñaron a jugar un juego de cartas birmano llamado Puyi. Si perdías, el ganador tenía que restregarte hollín por la cara. No hace falta decir que al cabo de una hora jugando acabamos todos con la cara negra.

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La mayor parte del trayecto de nuestro último día de trekking fue de descenso hacia el lago Inle. Hubo un tramo corto pero bastante duro casi al final donde teníamos que saltar de roca en roca cuidadosamente para no caernos. David tuvo que hacer todo esto en chanclas, ya que las ampollas que le salieron con sus playeras llegaron al punto de insoportables.

Finalmente, llegamos a orillas del lago donde comimos y nos despedimos de Situ que volvía en moto a Kalaw a preparar otra ruta. En los tres días que pasamos con él se portó genial con nosotros así que si alguien que está leyendo este blog piensa en hacer este trekking, le recomiendo que pregunte por él en A1 Trekking Kalaw.

 

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El típico juego de pasarse la pelota unos a otros sin que toque el suelo es muy popular en Myanmar

Tras comer nos subimos a una balsa que dejó a cada uno de nosotros en nuestros respectivos alojamientos. En realidad solo los alemanes tenían algo reservado. Nosotros simplemente pedimos que se nos dejase en Nyaung Shwe que ya nos buscaríamos la vida. Ya escribiré de como nos fue en el próximo post.

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